Cartas de Bernardo Nante

Carta al escéptico

Hay algo de nobleza en el escéptico porque ha decidido no acatar autoridad alguna, no resguardarse de la tempestad de la vida en refugios prestados. Pero ése es el escéptico que hace honor a la acepción antigua del término según la cual ‘escéptico’ es “el que mira o examina cuidadosamente”. Tal cuota de escepticismo limpia la mirada del hombre que busca y que se busca y evita adhesiones ciegas.

En cambio, no es verdadero escéptico quien niega toda posibilidad de acceso a la verdad sin el compromiso de buscarla.

Bajo el ambiguo rótulo de ‘escépticos’ suelen enmascararse los tibios que mediante un aparente preguntarse, sólo examinan conceptos, argumentos, sin arriesgar su propia actitud, su propia forma de estar en el mundo.

Por cierto, el escéptico puramente teórico, en apariencia neutro, suele comportarse en la vida dogmáticamente. Porque nos referimos a la búsqueda de la verdad entendida como un camino que dé sentido a la propia vida, sin la intención de alcanzar un discurso supuestamente verdadero y definitivo.

El verdadero escepticismo, aquel que indaga, que mira, que busca, no puede descartar los métodos silenciosos de la meditación, de la atención plena, de la contemplación. No vaya a ser que, por desechar de entrada la posibilidad de un cambio de mirada, nos obstinemos con la ceguera.

Carta al perezoso
Temo que el esfuerzo que requiere escribir esta carta delata que el peso de la pereza gravita en todas nuestras tareas. Más aún, la pereza es una pasión que se hace presente no solo en la mera inacción, sino en la acción impaciente incapaz de comprometerse a fondo. Porque la pereza que conocemos, y que por lo general enfrentamos, es la referida a nuestras tareas cotidianas, aquella que se impone en la vida familiar, laboral, social.

A menudo la obligación o la búsqueda de éxito son los motores que superan transitoria y parcialmente nuestra pereza y permiten satisfacer nuestro sentido del deber o nuestra ambición. Desde ese lugar podemos sentirnos ‘ganadores’ y hasta tornarnos jueces de la pereza ajena, de aquellos que no han sido capaces de trabajar como –supuestamente– nosotros lo hacemos.

La vocación es, sin duda, un móvil más profundo y compasivo para enfrentar la pereza, y la compasión misma conlleva la tarea de “acompañar la pasión del otro”, es decir, acompañarlo en “aquello que padece”, que limita su desarrollo y su libertad. Pero toda pasión –así entendida– es, en alguna medida, ‘pereza’, detenimiento o aletargamiento de su propio crecimiento. Así, por ejemplo, la soberbia es la pereza del ‘yo’ que se ha identificado consigo mismo y, por ello, no se reconoce como un fragmento de algo más vasto.

Toda compasión reconoce tácitamente que en el trasfondo de todas nuestras acciones internas y externas radica la tara de nuestra existencia. La compasión no se detiene perezosamente en esa pereza constitutiva, pero sabe que reconocerla es el “piedra libre” de nuestra vida.

Carta al distraído

Escribir una carta al distraído es como arrojar un mensaje al mar. El mar de los distraídos, su inconsciente, está lleno de mensajes perdidos. Porque el distraído lee sin leerse y mira sin mirarse.

El mayor de los distraídos no se sabe distraído y cree que basta con abordar “responsablemente” los asuntos cotidianos para estar “atento”.

Más aún, está el distraído evidente que evita una mirada filosófica a la vida, pero también está el distraído que “filosofa” para no verse a sí mismo. Este último utiliza las armas de guerra de la razón para justificar su rutina o simplemente para distraerse de esa misma rutina.

La distracción de la distracción es un signo de los tiempos. El hombre contemporáneo está atento al devenir de lo cotidiano, a la “realidad” construida por los medios de comunicación, pero no está atento a sí mismo ni al sentido que se hace patente a cada paso.

El acontecer interno y el acontecer externo son el espejo recíproco de un sentido, de una vocación que reclama.

Con las situaciones límite el distraído recibe su llamado en altavoz: allí su vida se desarma o, quizás, se descubre en las grietas de todo lo que comienza a desmoronarse.

La muerte no acaba con la distracción porque, como señala la tradición de la India, la distracción es muerte. Pero a diferencia de la muerte física, la verdadera muerte, la muerte espiritual se conjura con la vida atenta, que es vida inmarcesible.

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